Antiguos dioses y seres centenarios han surgido de las entrañas de la tierra causando un cataclismo que ha revuelto Azeroth por completo. Esta es la historia de como sobrevivir.
21 dic 2011
La maldición de Cho'gall
A sus espaldas, la puerta chocó contra las paredes de roca, dejando el paso libre. El ambiente era, si cabía, aún más lúgubre, y el aire estaba cargado, viciado, les costó acostumbrarse. La cámara del Maestro estaba justo allí. Los guardias cayeron sobre ellos, y Cho'gall se levantó de su trono:
"Mortales insensatos...(¡Hijos del usurpador!) Nada de lo que habéis hecho... (¡Semillas de un dios menor!) Estoy INTENTANDO hablar. (Palabras, palabras, palabras. El maestro quiere muertes.) TODO será caos. TODO será destruido. (¡Caos, caos!) Lo que habéis hecho no cambia nada. (¡Caos, caos todo termina!) Ningún mortal puede ver lo que vosotros y seguir vivo. ¡Ha llegado vuestro final!"
La voz que susurraba a las paredes, la que les había puesto a todos aquellas aberraciones en su camino, el cerebro de aquella malévola operación, por fin había aparecido ante ellos, y blandía su maza amenazante. La pequeña cabeza atrofiada no dejaba de mirarlos, tenía los ojos inyectados en sangre y odio, salivaba como un perro rabioso. A Aredhël le entraron ganas de lanzar su hacha y extirparla, pero a la vez la idea la repugnaba tanto, que sentía nauseas.
Entre todos lo rodearon, y empezó la lluvia de acero. El ogro era poderoso, muy poderoso, nunca lo habrían imaginado. A sus lados se abrían portales crepusculares, que atraían seres infectos de aspecto apulpado, lucían tentáculos en la cara y como brazos. "¿Pero que demonios es esta cosa?" ni siquiera sabia quién se lo preguntaba, "creo que sus descendientes están en la Alianza..."
Duku atrajo al invitado hacia la entrada, la puerta se había cerrado. Allí le dieron muerte, y el ignoto quedó tendido frente a la puerta. Ya estaban volviendo atrás con el resto del grupo, cuando notaron que algo les perseguía: del cuerpo tendido brotaba sangre negra, y unas babosas oscuras y veloces corrían hacia ellos. Una alcanzó a Obould, provocándole un intenso dolor: "será mejor que no las dejemos acercarse, ni siquiera sabemos que son".
Mientras, Cho'gall invocaba toda clase de hechizos. Una bola de fuego impacto en Aredhël. De repente, el dolor se convirtió en fuerza, y su hacha hacía cortes más profundos en la piel del ogro. No podía creerlo, la magia del maestro la había hecho más poderosa! Enseguida recobró el sentido, oyó a Ywën que le gritaba, pero no la entendió y siguió peleando. Los portales volvieron a abrirse, y más ignotos aparecieron. De pronto, la sala se inundó de un líquido negro y pegajoso, y el ogro se refugió en un rincón al lado de su trono, cada vez era más vulnerable. De todas partes empezaron a salir unas extrañas criaturas, parecidas a un gusano de un solo ojo, que atormentaban a todo el que se les pusiera por delante. Afortunadamente, estaban inmóviles. Aredhël sintió que segar cabezas la divertiría, y empezó a talar esas extrañas aberraciones. Vio su imagen en todos y cada uno de los ojos de los tentáculos que cortaba. Era tanta la adrenalina, que no se dio cuenta de que algo le pasaba a su cuerpo. Cuando se volvió para arremeter de nuevo contra Cho'gall, vio en las caras de sus compañeros que algo iba mal. "¡Se está corrompiendo! ¡Que alguien la limpie de esa magia!" No reconocía las voces de sus amigos, a su alrededor todo parecía confuso, pero aún veía algo claro, Cho'gall. Se acercó, quería matarlo, acabar con esa maldición que la estaba consumiendo. Su armadura se hizo pedazos cuando un tentáculo creció en su espalda. Sus ojos verdes perdieron la luz, y entonces su cuerpo se revolvió y empezó a vomitar. De repente se descubrió recostada en una pared con las manos manchadas de negro. Miró su reflejo en la piedra tallada: sus ojos eran oscuros, su rostro estaba desencajado, los tentáculos de su espalda se agitaban sin parar. Veía las caras de sus compañeros, de sus hermanos. Gritaban su nombre, maldecían a Cho'gall. Pronto dejó de oírlos. Cayó sobre sus rodillas, y su cabeza golpeó el suelo. Poco a poco dejó de sentir dolor, dejó de oír voces, dejó de notar los golpes de los tentáculos sobre su cara y sus brazos y un susurro inundó su mente justo antes de morir: "Ahora me perteneces..."
Oscuridad.
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