29 feb 2012

Trinquete

Que Nefarian había sido resucitado no era un secreto, las atrocidades que cometía se contaban en cada rincón de Kalimdor, y los Reinos del Este vivían sumidos en la preocupación. Aquel al que habían dado muerte en la sala de su propio trono vivía, y en las entrañas de su antigua morada daba vida a criaturas horrendas y violentas. Los viajeros contaban que había secuestrado a un alquimista humano llamado Malory y lo tenía en su guarida haciendo experimentos, pero no sabían que había de cierto en eso. Lo que era seguro es que contaba con la ayuda de los enanos Hierro Negro, quienes ya habían servido al señor del fuego Ragnaros en un pasado, y si los señores elementales habían sido invocados de nuevo, Ragnaros se presentaba como una complicación grave y seria.
Esta vez decidieron viajar en barco, no querían arriesgarse a revivir lo que ocurrió durante el viaje a Tierras altas Crepusculares, con una caída desde el zepelín al mar habían tenido bastante. Se dirigieron a Trinquete, la fama de la hospitalidad de la tripulación de La Fantasía de la Doncella era algo que tenían que probar. Cuando llegaron el barco aún estaba a un par de días, así que se dirigieron a la taberna. Allí se encontraron con un grupo grande de guerreros que hablaban bajo. Se sentaron a sus espaldas, apenas tenían sitio en aquellas mesas hechas por y para goblins. Hablaron:
- Maldita sea, derramo más cerveza de la que bebo.
- Apártate! Me estás clavando el codo en el costado Armin, deja de moverte!
- Qué quieres que haga? Esta sillita es muy incómoda.
- Pues sal afuera con Gjallar y Duku!
- Si salgo yo, Ywën sale.
- Ywën no tiene los cuernos en medio de la mesa, nos vas a sacar un ojo!
Armin se levantó, y en ese momento uno de los orcos de detrás alzó la voz más que el resto, y todos le oyeron:
- ¡Maldita sea, si Therazane aceptó a colaborar, Neptulón también lo hará!
La taberna quedó en silencio, Armin se detuvo, los de fuera se asomaron y Aredhël se dió la vuelta:
- ¿Therazane? ¿Hablas de los Señores de piedra?
- ¡Elfa cotilla, métete en tus propios asuntos!
- Mis asuntos son los asuntos que afectan a Azeroth. Te agradecería que...
- ¡Bah! ¡Mujer enclenque, corre a tu ciudad de magos a lavarte el pelo, que el fin de los días no te pille pintándote las uñas!- La mesa arrancó un coro de risas.-
Aredhël se mordió la lengua. Con la mirada detuvo a Amonereb, que iba decidida a encararse al orco.
- Eso me temía, jajaja, elfos...- Y se sentó de nuevo de cara a sus compañeros y siguieron hablando.

Se acabó en silencio su copa y decidió pedir algo más fuerte. Se levantó y se dirigió a la barra. Mientras esperaba su pedido, una elfa se le acercó:
- Disculpa a mis acompañantes, digamos que tienen la educación donde más oscuro está. Oh, perdona mis modales, soy la sacerdotisa Herya.
- Aredhël. Tanto gusto, supongo.
- Se quién eres, te vi en Orgrimmar. Esas heridas que traías difícilmente las causaría un crocolisco, como dijeron tus amigos al posadero. Intuyo que no veníais de ningún humedal. Y a los dos días, ropa limpia y armaduras relucientes, diría que os han concedido algún favor, alguien con poder. ¿Un noble, tal vez? ¿O tiene relación con nuestro querido Señor de la guerra?
Aredhël no sabía que decir, el trato que tenían con Garrosh era más que secreto.
- Adivino por tu expresión que no voy desencaminada, pero tranquila, no soy una espía ni nada de eso. Pero Garrosh los tiene, interceptamos uno no lejos de Orgrimmar y le hicimos cantar. Nos contó que Cho'gall está muerto y que vuestro próximo objetivo es Nefarian. Luego hizo una mala interpretación del canto de los Sin'dorei y le cortamos la garganta.
- Vaya, no se que decir...
- Si, si lo sabes. Quieres preguntarme acerca de los elementales.
- Exacto, yo...
- Bueno, pues la cosa está bastante difícil. Nos costó negociar con Therazane, pero está de nuestra parte. Ahora zarparemos dirección Vas'jir para encontrar a Neptulón, sabemos que lo están corrompiendo. Lo que es seguro es que tenemos en nuestra contra viento y fuego.
EL rostro de Aredhël se contrajo, y un escalofrío le recorrió la espalda. Sabían que Al'Akir despertaba, pero Ragnaros era solo un rumor. -¿Estáis seguros de eso?- preguntó.
- Si, uno de nuestros compañeros lo vio con sus propios ojos. Volaba con un draco  verde sobre Hyjal y descubrieron al mismo Alamuerte con él. Tuvieron suerte de escapar con vida. Te cuento esto porque se que vuestra colaboración es valiosa, he creído conveniente que supierais las últimas novedades.
- Es más escabroso de lo que nunca hubiera imaginado.
- Se acercan días terribles, nos queda mucho por hacer a los mortales. He de irme, nos vemos en el barco.

Volvió a la mesa con las dos pintas:
- Tengo que contaros algo.

27 feb 2012

Orgrimmar.

Le habría gustado que el colchón fuera de lana de oveja, y las sábanas de la delicada seda de Andra, pero en vez de eso cada día despertaba en la misma tumbona de cuerda dura. Llegaron rápido gracias al portal que los Faucedraco mantenían en el puerto, no era muy agradable, pero si rápido y efectivo, ah, y seguro: "os recomiendo tomar el portal -dijo un capataz-, puede parecer extraño pero es más seguro que esos zepelines goblin, esos monstruitos verdes siempre hacen explotar todo, con esto tenéis la garantía de que llegaréis de una sola pieza al otro lado"
Lo primero que hicieron fue dejarla en El colmillo roto, en un rincón del piso superior. Aún estaba algo febril debido a la corrupción, y andar medio en cueros no le había venido muy bien tampoco, así que la metieron en una cama improvisada con mantas y capas y la dejaron allí. Las mantas estaban un poco rasposas, pero calentaban. Había tenido pesadillas cada noche, desde que volvieron de la ciudadela, todas las noches se sumergía en el agua negra y sentía que se ahogaba, hasta que despertaba con la camisa empapada y el pelo húmedo del sudor. Esa noche no fue diferente. Se envolvió en la manta más seca y bajó las escaleras sin hacer ruido. Debajo de ellas dormía Gamon, y un borracho refunfuñaba al otro lado abrazado a una botella de pinot. Debía ser muy temprano aún, pues fuera la ciudad seguía dormida, y el sol apenas se asomaba tímido tras las montañas. Caminó en dirección a la calle mayor, pasando al lado del fuerte de Garrosh. Su recompensa por acabar con Cho'gall había sido escasa pero valiosa, ahora todo el grupo poseía armaduras nuevas y brillantes, y algo de oro con lo que pagarse una posada bastante mediocre. Caminó hasta el pequeño estanque que hay al lado de la entrada al circo de las sombras y se detuvo a contemplar su reflejo. Definitivamente, necesitaba un buen baño. El tiempo pareció detenerse, y hasta que un sapo no saltó al agua y la removió, no se dio cuenta que el sol había aparecido complétamente, y la calle empezó a llenarse de vida. Volvió a la taberna y sus compañeros estaban despiertos:
- ja ja! Nos tenías preocupados Aredhël, otra vez esos sueños?
- Si, quería despejarme un poco y respirar aire limpio antes de que salieran los carros.
- Ah estos orcos, no saben dar un paso sin levantar un polvorín.
En ese momento apareció Riatha. Llevaba un vestido de lino verde y su cabello relucía.
- ¿Cómo...?
- Atrás hay un barril enorme y aceite de rosas. Tranquila, aún hay algo de agua caliente...

Para desayunar, panceta y pan recién horneado. Pero las noticias no eran tan agradables como la leche endulzada:
- Un emisario del Anillo de la Tierra llegó anoche con un mensaje bastante preocupante.
- ¿Más preocupaciones? ¿Se trata de Nefarian?
- El caso es que el mal de Alamuerte es mayor del que creíamos. Ha despertado a los señores elementales, y están cogiendo fuerza. Los siervos de Al'Akir, a pesar de que mermamos sus fuerzas en la ciudad de Tol'vir, han seguido con los rituales y su invocación es inminente e irrefrenable.
- Bueno, pues pongámonos rumbo a Uldum, seguramente le habrán preparado un palacio en la ciudad flotante que se ve sobre el mar. Lleva mucho tiempo dormido, con un poco de suerte tardará en recobrar su poder.
- Espera, espera, no acaba aquí la cosa. El infiltrado en Roca Negra hace semanas que no envía comunicados, temen que haya muerto. Lo preocupante, a parte de la desaparición, es el último mensaje que envió. Habló de que Nefarian tiene un laboratorio bajo la montaña, y que las últimas semanas solo hablaba de una cosa, "resucitarla".
- ¿Resucitarla? ¿En femenino?
- Si.
- En serio creeis que ha podido...
- Tiene el poder. Tiene los métodos. Onyxia podría estar de vuelta.

13 feb 2012

El fin del Martillo Crepuscular.

<<El agua estaba fría, y no dejaba de hundirse. De repente un intenso dolor atravesó su cuerpo, como si un rayo la hubiese partido en dos, dejándole los brazos entumecidos y las piernas doloridas. Se hundía a gran velocidad en el lago, las burbujas sonaban cada vez más espesas en sus oídos y empezaba a faltarle el aire.>>

Decidieron que era el momento, con Cho'gall arrinconado y moribundo podían desviarle su atención para atender a una hermana. Tarvôs y Awak se colocaron delante de Gjallarhorn, ocultándolo a la vista del ogro. El druida comenzó a murmurar una serie de conjuros invocando a la madre Tierra, pidiéndole misericordia para traer a Aredhël de nuevo con ellos. De debajo de sus pezuñas brotaron pequeñas hojas, verdes y brillantes, que disiparon la nube negra a su alrededor. Al mismo tiempo, ocurrió lo mismo con el cuerpo de la elfa, que empezó a perder los tentáculos de la espalda y a recuperar su tono natural de piel.

<< No podía respirar. Abría la boca, pero no podía respirar. Sintió otro latigazo de dolor, como si el demonio más cruel la hubiese azotado con la espalda al desnudo con látigos de espinas. Con cada uno parecía que se le arrancaba la piel. El tono del agua cambió, esta vez si era espesa de verdad, como los charcos de petróleo del Crater de Un'goro. Intentó atrapar aire en sus pulmones de nuevo, y esta vez los llenó.>>

Aredhël se incorporó de golpe con la boca abierta, tratando de conseguir para si el poco aire respirable de aquella sala espantosa. El sonido llegó a sus oídos y con él, la realidad. Trató de incorporarse y su estomago se revolvió, vomitó de nuevo ese líquido negro que la manchó entera, pero esta vez se sintió mejor. Cho'gall, incrédulo, gritaba de rabia e impotencia. Ywën laceró sus rodillas, Duku arrancó de un mordisco una rótula, y el ogro cayó de bruces. Maldecía, maldecía constantemente con espuma en las bocas y sangre en los ojos. Una flecha atravesó un cuello. Aredhël recuperó su hacha, y la hundió en el cráneo de aquél que fue comandante del Martillo Crepuscular.

-Está... está muerto!- Si, y su muerte no pasará desapercibida por mucho tiempo, debemos huir rápido y si es posible, sin ser vistos.- Pero antes cortadle las cabezas, serán una ofrenda digna.-

La travesía de vuelta a la entrada fue silenciosa y lenta. Todos estaban débiles, y empezaban a añorar la buena comida de El colmillo partido, o la sidra de Salsera de La cola del dracoleón, y tener que comer pan duro y galletas secas no ayudaba demasiado.
Llegaron al portal de la entrada sin ninguna complicación, y al otro lado no les esperaba nadie. Llamaron a los dracos, y mientras los esperaban se refugiaron del viento detrás del aro del portal. No podían encender un fuego, así que se juntaron todo lo que pudieron y se acurrucaron en las capas.

Aredhël pronunció sus primeras palabras desde su regreso: "Gracias, hermanos."

4 feb 2012

Muerte en combate.

Aredhël yacía en medio de la sala, con los ojos entreabiertos. Un hilillo de sangre negra goteaba de entre sus labios y caía espeso en el suelo, perdiéndose en la neblina negra que cubría las losas de la cámara de Cho'gall. Ahora sabían de qué era capaz esa corrupción, y solo deseaban que ese ogro no tuviera más poderes por revelar.

Habían visto morir a muchos, muchísimos, en la lucha contra el Rey Exánime. Y también los vieron volver de entre los muertos. Sabían que sus almas se habían perdido para siempre, por eso temían en ese momento, si Cho'gall gozaba de esos poderes, si reanimaba a la elfa para servirle...
Afortunadamente, ese ogro no era más que el sirviente de un dragón, y lo tenían arrinconado contra su trono, cercano a la muerte. La cabecita no dejaba de moverse, mirando a un lado y a otro, trataba de hablar pero no le salían las palabras, solo gruñía, al igual que la cabeza pensante. Había reído demasiado pronto la muerte de un enemigo, veía que su vida pronto llegaría a su fin.

<< La hierba era de un verde tímido y perezoso, y pequeñas flores amarillas adornaban el tapiz más precioso que había visto en su vida. Sobre ella se inclinaban viejos árboles de hojas temblorosas y ramas en flor, definitivamente la primavera había llegado al bosque Canción Eterna, y las risas de los niños elfos inundaban la colina. El aire era puro, limpio, y la brisa mecía sus cabellos plateados y acariciaba su rostro, invitándola a levantarse. Se sentó. Más abajo había un lago, y en su orilla había largas mesas llenas de fruta, vino y un montón de cestas con panecillos de crema dorados, como los que su madre preparaba cuando ella apenas era una infante. al descender la colina se dio cuenta de que había perdido su armadura, y su cuerpo lo cubría una túnica de seda color rubí, tan fina que el viento la pegaba a su cuerpo dejando ver la forma de sus senos, las caderas y sus piernas. El tacto de la tierra viva bajo sus pies descalzos le dio fuerzas, y la llenó de paz. Junto a las mesas del lago había grupos de elfos, que hablaban y bebían divertidos. En sus rostros había paz y tranquilidad, y los niños correteaban entre los mayores, haciéndoles tambalearse, derramando sus copas. Pero a nadie parecía importarle. Cuando llegó junto a ellos dejó de verles, y el griterío dejó de escucharse. Las mesas estaban vacías, y entonces se percató de que no se oía tampoco el canto de los pájaros. Un murmullo la sobresaltó: los que antes veía, ahora susurraban a su alrededor. - No debería estar aquí. ¿Quién es? No es su sitio. No es su tiempo. ¿Por qué está aquí? ¿¡Quién es!? ¡Madre mira, su boca sangra! Su boca sangra. Es negro. ¡No deberías estar aquí! - Acercó la mano a sus labios, y los dedos quedaron tintados de negro. - No debería estar aquí. Mi niña... ¿Qué hace aquí? No es su tiempo. ¡No es su tiempo! - Los susurros se convirtieron en gritos, y de pronto apareció una figura. Un elfo de ojos azules y cabello blanco con vestimentas Sin'dorei caminaba con paso decidido hacia ella, y no pudo evitar retroceder. Quedó al borde del lago, y al mirar las aguas se volvieron negras y profundas, trató de conservar el equilibrio, y al volver la cabeza el elfo estaba frente a ella, tan cerca que sus narices se hubieran rozado si no fuera una figura translúcida y sin materia. La agarró de los hombros con tanta fuerza que le dolió, y sin aliento le susurró al oído: "No es tu tiempo, no deberías estar aquí", y la empujó a las aguas. >>