31 ago 2011

Orgrimmar


Orgrimmar se había convertido en la ciudad más segura de Kalimdor. La siempre orgullosa ciudad orca y, por extensión, sede capital de la Horda, había reforzado sus murallas con acero, añadido defensas a su perímetro, e incontables guardias patrullaban sus muros. Pero no solo había cambiado en aspecto, en su corazón se sentó un nuevo líder. Nuestro Jefe de Guerra Thrall dejó a un lado su armadura y vistió sus atuendos de chamán, y junto con el Anillo de la Tierra partió hacia el punto exacto de la falla para intentar sanar las heridas abiertas en el mundo por el alzamiento de Alamuerte. Así pues, Garrosh, el impetuoso y guerrillero Grito Infernal, asumió el mando. Esta difícil decisión no trajo más que problemas, pues otros líderes de la Horda consideraban que el joven orco no estaba preparado para ser el Jefe de Guerra. Cairne, el líder tauren, debido a sus múltiples diferencias, se batió en duelo con él. Desgraciadamente los rebeldes Tótem Siniestro lograron infiltrarse y Agatha envenenó el arma de Garrosh, dando muerte a Cairne. Zul'jin, el líder trol, trata de ser correcto, pero los insultos y amenazas entre él y el Jefe de Guerra son crecientes.

Afortunadamente para Aredhël y sus antiguos compañeros hermanados, las tabernas seguían sirviendo el mejor hidromiel del reino. Era reconfortante encontrar algo conocido en esos tiempos, pero allí en Orgrimmar algo más había cambiado: Gamon. Su mente débil siempre había servido de diversión a sacerdotes poco decentes, que lo controlaban y le obligaban a lanzar a patadas del tejado del banco a los más despistados. Todos creían que moriría intentando salvar la ciudad de las fallas elementales que surgían de la nada, obra una vez más del Martillo Crepuscular. Pero ahí estaba Gamon, más fuerte e inteligente que nunca. Es más, estando allí vieron como un sacerdote había intentado hacerle la vieja jugarreta, y cuando intentó meterse en su mente, Gamon salió de la taberna, agarró al desgraciado y... bueno, solo diré que hicieron falta 5 sanadores para devolver a aquel pobre a la vida, que huyó con la cabeza baja maldiciendo entre dientes. No le volvieron a ver.

Aredhël hacía girar su jarra mirando la espuma suave de su bebida. Tarvôs y Gjallarhorn entraron caminando lenta y elegantemente (todo lo elegante que pueden resultar un trol y un tauren con faldas) La bendijeron y tomaron asiento a sus dos lados. Mientras les servían el hidromiel, una sombra enorme les tapó la poca luz que se colaba por la entrada: Duku, transformado en oso, se habia puesto de pie y gruñía sin parar pese a ver en las caras de sus amigos que no le entendían. Gjallarhorn rió a carcajadas y dijo: -¡yo también me alegro de verte maldito comegnomos!-. Duku recuperó su forma de tauren y se disculpó con Tarvôs y Aredhël: -llevo mucho tiempo corriendo entre animales, no me lo tengais en cuenta - Lo dices por el olor? - le respondió Tarvôs. Aquellas risas eran justo lo que ella necesitaba, todo se había vuelto tan oscuro... Al poco rato aparecieron el resto, Hx y Armin venian tranquilamente charlando, y un rezagado Saniteta entró casi corriendo vocifeando: -¡la que se ha liado en Costa Oscura! Auberdine está complétamente destruido, y en los Baldios, ¿habéis visto los Baldios?- Armin terminó de acomodarse -el mundo que conocíamos ha cambiado chicos, más nos vale asumirlo - dijo. -¿no viene nadie más?- preguntó Hx- ¿dónde están el resto?-. Akari, Stalfos, Ankises, todos pasaron por la mente de Aredhël. Hacían un gran equipo, juntos habían derrotado al Rey Exánime y lo habían celebrado por todo lo alto, aquella noche corrió más vino que nunca, y sirvió para estrechar sus lazos. Pero sus caminos habían decidido separarse, y ahora se encontraban lejos. Los añoró, pero se sintió aliviada. En ese momento no había un lugar mejor en el mundo que ese, porque aunque fuera una taberna maloliente de orcos, los que la acompañaban eran sus hermanos.

25 ago 2011

Así empezó todo.

Cuando por fin acabamos con el Rey Exánime y la plaga remitió, creímos haber acabado con el mal de Azeroth. La ciudadela de Corona de Hielo estaba vacía, y las abominaciones y necrófagos se amontonaban en pilas de cadáveres en los pasillos y salas heladas, velados únicamente por el eco de las ratas que hacían sus nidos en los recovecos de muros rotos. Las Tierras de la Peste poco a poco recuperaban un aspecto salubre, y el verde volvía a apoderarse de sus caminos. Las gentes, en definitiva, volvían a respirar tranquilas.
Hasta ese momento, nadie sabía que en las entrañas del mundo Neltharion, el que un día fue Guardián de la Tierra, líder del Vuelo Negro confinado a las profundidades por los Titanes, se preparaba para su ascenso.
El mundo empezó a temblar, parecía que llegaría a su fin en cualquier momento. El cielo enrojeció, y la tierra se abrió en cráteres profundos; la falla que separaba Infralar de la superficie se rompió, y el dragón demonio quedó libre, y ahora sobrevuela Azeroth dejando un rastro de fuego y destrucción. El cataclismo está presente en cada región y continente, en la Montaña Roca Negra el derrotado Nefarian está reuniendo su propio ejército junto a Onyxia revivida, y las tierras altas luchan constantemente contra el Martillo Crepuscular, capitaneado por Cho'Gall.
Alguien debe, una vez más, tratar de devolver la paz a Azeroth. Sería apropiado rescatar algunas antiguas amistades...