21 dic 2011

La maldición de Cho'gall


A sus espaldas, la puerta chocó contra las paredes de roca, dejando el paso libre. El ambiente era, si cabía, aún más lúgubre, y el aire estaba cargado, viciado, les costó acostumbrarse. La cámara del Maestro estaba justo allí. Los guardias cayeron sobre ellos, y Cho'gall se levantó de su trono:

"Mortales insensatos...(¡Hijos del usurpador!) Nada de lo que habéis hecho... (¡Semillas de un dios menor!) Estoy INTENTANDO hablar. (Palabras, palabras, palabras. El maestro quiere muertes.) TODO será caos. TODO será destruido. (¡Caos, caos!) Lo que habéis hecho no cambia nada. (¡Caos, caos todo termina!) Ningún mortal puede ver lo que vosotros y seguir vivo. ¡Ha llegado vuestro final!"

La voz que susurraba a las paredes, la que les había puesto a todos aquellas aberraciones en su camino, el cerebro de aquella malévola operación, por fin había aparecido ante ellos, y blandía su maza amenazante. La pequeña cabeza atrofiada no dejaba de mirarlos, tenía los ojos inyectados en sangre y odio, salivaba como un perro rabioso. A Aredhël le entraron ganas de lanzar su hacha y extirparla, pero a la vez la idea la repugnaba tanto, que sentía nauseas.
Entre todos lo rodearon, y empezó la lluvia de acero. El ogro era poderoso, muy poderoso, nunca lo habrían imaginado. A sus lados se abrían portales crepusculares, que atraían seres infectos de aspecto apulpado, lucían tentáculos en la cara y como brazos. "¿Pero que demonios es esta cosa?" ni siquiera sabia quién se lo preguntaba, "creo que sus descendientes están en la Alianza..."
Duku atrajo al invitado hacia la entrada, la puerta se había cerrado. Allí le dieron muerte, y el ignoto quedó tendido frente a la puerta. Ya estaban volviendo atrás con el resto del grupo, cuando notaron que algo les perseguía: del cuerpo tendido brotaba sangre negra, y unas babosas oscuras y veloces corrían hacia ellos. Una alcanzó a Obould, provocándole un intenso dolor: "será mejor que no las dejemos acercarse, ni siquiera sabemos que son".
Mientras, Cho'gall invocaba toda clase de hechizos. Una bola de fuego impacto en Aredhël. De repente, el dolor se convirtió en fuerza, y su hacha hacía cortes más profundos en la piel del ogro. No podía creerlo, la magia del maestro la había hecho más poderosa! Enseguida recobró el sentido, oyó a Ywën que le gritaba, pero no la entendió y siguió peleando. Los portales volvieron a abrirse, y más ignotos aparecieron. De pronto, la sala se inundó de un líquido negro y pegajoso, y el ogro se refugió en un rincón al lado de su trono, cada vez era más vulnerable. De todas partes empezaron a salir unas extrañas criaturas, parecidas a un gusano de un solo ojo, que atormentaban a todo el que se les pusiera por delante. Afortunadamente, estaban inmóviles. Aredhël sintió que segar cabezas la divertiría, y empezó a talar esas extrañas aberraciones. Vio su imagen en todos y cada uno de los ojos de los tentáculos que cortaba. Era tanta la adrenalina, que no se dio cuenta de que algo le pasaba a su cuerpo. Cuando se volvió para arremeter de nuevo contra Cho'gall, vio en las caras de sus compañeros que algo iba mal. "¡Se está corrompiendo! ¡Que alguien la limpie de esa magia!" No reconocía las voces de sus amigos, a su alrededor todo parecía confuso, pero aún veía algo claro, Cho'gall. Se acercó, quería matarlo, acabar con esa maldición que la estaba consumiendo. Su armadura se hizo pedazos cuando un tentáculo creció en su espalda. Sus ojos verdes perdieron la luz, y entonces su cuerpo se revolvió y empezó a vomitar. De repente se descubrió recostada en una pared con las manos manchadas de negro. Miró su reflejo en la piedra tallada: sus ojos eran oscuros, su rostro estaba desencajado, los tentáculos de su espalda se agitaban sin parar. Veía las caras de sus compañeros, de sus hermanos. Gritaban su nombre, maldecían a Cho'gall. Pronto dejó de oírlos. Cayó sobre sus rodillas, y su cabeza golpeó el suelo. Poco a poco dejó de sentir dolor, dejó de oír voces, dejó de notar los golpes de los tentáculos sobre su cara y sus brazos y un susurro inundó su mente justo antes de morir: "Ahora me perteneces..."

Oscuridad.

25 nov 2011

Monstruosidad de elementium


Los cuerpos de los dragones aún estaban calientes. Valiona yacía con los ojos abiertos, que poco a poco se nublaban, adentrándola en las sombras, volviendo al seno de la maldad del que había nacido no mucho tiempo atrás. Esa raza ancestral, más vieja que el mundo, los dragones que habían poblado Azeroth mucho antes de que Aredhël naciera, antes de que el mundo conociera el mal de los hombres, el mal de la plaga, cuando se vieron corrompidos?

Casi de forma burlona, la vocecilla irritante de la cabecita atrofiada los volvió a llamar:
"(Acercaos, acercaos. Dejad que os veamos las caras. Todos os arrodillaréis ante su poder.)"
El hecho de que los animara a adentrarse más en su fortaleza los estremeció. Al doblar la esquina dos enormes dragonantes armados les cerraron el paso. No fueron un impedimento mayor.
Poco a  poco llegaron a una cámara infestada de elementales, fuego, aire, agua y tierra, corrían de un lado a otro sin saber qué quemar, qué aplastar, qué volar por los aires. Cho'gall los estaba observando...
"Bienvenidos, mortales. (Pequeños y frágiles niños.) Muy pocos han visto el Sagrario Interior. (¡Alargan el brazo para tocar el fuego!)
-¿Pequeños y frágiles? Sal ya, ¡cobarde! Te escondes entre tus adeptos y susurras a las paredes, ¡deja que te veamos ogro deforme!- Los elementales ya no parecían tan desorientados, aunque no parecían haberlos visto.
"¡Es aquí donde los elegidos ven su destino. (Uno con la eternidad.) Y será aquí donde veréis el vuestro. (Fin de la carne. Fin de la carne.)!
Entonces, se dispusieron a llamar la atención de aquellos seres, ellos debían ser la última frontera antes de Cho'gall. Duku retomó su forma de oso, y junto con Riatha provocaron la ira de los elementos: - ¡Eh chispita! ¡Ven que te sople! - Y los elementales se abalanzaron sobre ellos. Fuego y agua, puede ser una buena combinación, no tardaron en deshacerse de todos. Cuando el último elemental que quedaba en pie se debilitó, la voz volvió a oírse, pero esta vez tenía un tono más nervioso, más necesitado:
"¡Hermanos del Crepúsculo! ¡El Martillo os reclama! (Fuego agua tierra aire) ¡Dejad atrás vuestro cuerpo mortal! (Fuego agua tierra aire) ¡Recibid vuestras nuevas formas ahora y para siempre! (Quema y ahoga y aplasta y asfixia) ¡¡Y utilizad vuestros dones para destruir a los infieles. (Quema y ahoga y aplasta y asfixia)!!
Al fondo de la sala había una puerta (debía ser la estancia de Cho'gall, donde se había estado escondiendo como un vil gusano) y a los lados dos enormes seres hechos de fuego y hielo. Había sido demasiado fácil... Aredhël alzó la vista y descubrió dos monstruos más: tierra y aire. Estaban colocados de manera que se potenciarían el uno al otro, pero eso también les podía ayudar a ellos. Planearon la estrategia breves momentos, Duku iría con Feludius, la monstruosidad de agua, mientras que Riatha se encargaría de Ignacius.  Debían mantener la atención de las criaturas para que el resto del equipo pudiera hacer bien su trabajo.  A la vez, cargaron. Al acercarse a Ignacius, Aredhël pudo verle bien. Bajo las ropas su cuerpo era oscuro, y la lava regaba sus extremidades. Se veía reluciente bajo la piel a medio fundir. Mientras estaba atónita observandolo, éste se abalanzó contra Armin, parecía que lo había marcado, pero para que? Cuando volvió junto a Riatha un camino de fuego se extendió entre ellos. El fuego había separado el grupo, y de repente Feludius se centró en Ywën, lanzándole una descarga de agua que la dejó empapada. Entonces, se preparó para congelarla. Ywën estaba tiritando al otro lado de la barrera de fuego, pese a las llamas Aredhël podía verla. Sin pensarlo le gritó: ¡Cruza! Ywën estaba cada vez más fría. -¡Ven conmigo Ywën! ¡El fuego no puede ser peor que lo que te está preparando, cruza!- La guerrera cruzó las llamas justo en el momento en que Feludius lanzaba su nova helada sobre ellos. Al otro lado del fuego, apareció seca.
Fuego y agua estaban debilitados, y entraron en escena Tierra y Aire. Todo se volvió más complicado, el suelo temblaba y el viento se arremolinaba en varios sitios de la sala, todo parecía caos. Terrastra trató de atraerlos hacia el suelo, y en ese momento Arion levantó un viento tan fuerte, que de no haber estado sujetos habrían acabado colgados por las paredes de roca. Algo parecido ocurrió cuando Arion los levantó y Terrastra provocó un seísmo. Pero la lucha no había terminado aún. Un fuerte viento y un golpe de tierra los sacudió, dejándolos desorientados y por los suelos. Mientras se recuperaban, Feludius e Ignacius bajaron de nuevo, y se acercaron a sus iguales. Los cuatro se fusionaron en un solo ser, que poseía la fuerza de todos. Se recolocaron cojos y aturdidos, y siguieron peleando. La monstruosidad de elementium rodeaba la sala dejando a su paso pozos de fuego y hielo, y de pronto levantó a Amonereb por encima de todos, hasta el techo, y la dejó caer. Tarvôs, siempre atento, lanzó levitar en ella, y pudo aterrizar sin sufrir daño alguno por la caída. Agadez en venganza, clavó sus fauces en el monstruo y arrancó parte de piedra. Los cuatro elementos eran fuertes, pero su incompetencia acabó por derrotar aquella aberración.

Una vez más, habían superado la barrera contra Cho'gall.

18 nov 2011

Theralion y Valiona


"Carne y nervio, débil pero diestro. ¿Os atrevéis a rasgar la mortaja del maestro? Caen, tropiezan, y a tientas buscan. Y el destino y el caos se unen y ofuscan."

Otra vez esa perturbante voz. Acababan de matar a uno de sus grandes esbirros, y a Cho'gall parecía no importarle demasiado. Tras pasar el umbral de la estancia de Halfus se extendían a sus pies unas largas escaleras, y al fondo adeptos del Martillo Crepuscular. Cho'gall volvió a hablar, esta vez más alto que antes:

"Hermanos en el caos, ¡el Crepúsculo ha venido! (Las sombras se alargan, la noche infinita.) Alamuerte ha desgarrado este mundo. (Puertas que fueron abiertas nunca se cierran.) Para que regrese su verdadero amo. (El maestro viene. Él viene. Él viene.)"

-¡Por los Dioses, cállate ogro! -Tarvôs parecía realmente enfadado.- Venga, ¿a qué e'perais? Vayamos a aplastarles las cabezas a todos, ¡venid si tenei lo que hay que tené pa enfrentaro a mis he'manos! - Todos estaban sorprendidos - ¡Pero venga! ¡Matad! No o' quedei ahi mirándome, ¡atacad anteh de que se den cuenta, atacad!- Y eso hicieron.
En cuanto Aredhël y los suyos cayeron sobre los cultores, la voz del ogro volvió a resonar en las paredes: "¡Hermanos del Martillo, a mi! (Todavia tienen su voluntad.) Los infieles siguen vivos. ¡Matadlos! (Aplasta sus cuerpos y con ellos su voluntad.) Vosotros sois sus elegidos. (Os llama. Os conoce.) Nacidos de la carne... (Carne) Purificados por la sangre... (Sangre) ¡Destinados a la inmortalidad! ¡Oid su llamada! ¡Muerte a los herejes!
Afortunadamente no estaban preparados para un ataque directo, cargaron sobre ellos y efectivamente, aplastaron sus cabezas contra el suelo. No obstante, fue un descenso duro, y cuando se aseguraron de que estaban solos otra vez, se detuvieron y descansaron.
- Estúpidos, tantas promesas de grandeza y poder y míralos, sus sesos y vísceras adornando el suelo.
-Esta sangre costará de marchar...
-¡Mi armadura, oh no, mi preciosa armadura! - Aredhël era sanguinaria en la batalla, arrancaba cabezas, seccionaba torsos, y si hacía falta esparcía los intestinos de sus víctimas por el suelo, pero si se manchaba...(no lo olvidemos, es una elfa de sangre) - ¡Que asco! No me digáis que llevaré estas manchas hasta que regresemos a Orgrimmar, ¡no me digáis eso!-
Poco duraron sus quejas, al otro lado del muro les estaban esperando los dragones Valiona y Theralion, una pareja de hermanos dragones que habrían sido los grandes lideres de su linaje contra todo ser viviente de Azeroth, sin embargo los oyeron discutir sobre como matarlos:

Cho'gall: Valiona, Theralion, ponedlos en su sitio.
Valiona: ¡Cumple las órdenes del maestro Theralion! ¡Matalos!
Theralion: Está claro que el maestro te hablaba a ti, Valiona. Yo estoy muy ocupado para ATACAR.
Valiona: ¡Eres un inútil, Theralion!
Theralion: ¡Cómo te atreves a llamarme inútil! ¡Ahora verás por qué era el favorito de madre!

Esos dragones podrían haber llegado muy alto, tenian poder, potencial, eran astutos e inteligentes, podrían haber sido reyes. Pero la magia que los maduró no solo les dio poder, sino que los hizo arrogantes, orgullosos y muy competitivos... entre ellos.

Encontraron a los hermanos un en frente del otro, decidieron centrar su atención en Valiona y tras el primer ataque Theralion alzó el vuelo. Desafortunadamente, las riñas con su hermano no la habían debilitado, y pronto sus poderes afloraron con todo su esplendor. Cuando lanzó un abanico de llamas los guerreros no estaban preparados, y tuvieron que correr por toda la estancia para no ser alcanzados. En ese momento Theralion la relevó (parecía que habían decidido acabar con ellos con un juego de rondas) y cuando tocó el suelo empezó a escupir una magia negra y corrosiva, dejando el suelo impregnado de ella.
El combate les pareció eterno, cuando tenían al dragón acorralado, Valiona inundaba  ese espacio en llamas, lo que les hacía retroceder e huir de aquella zona de la sala. Habían visto demasiado para abandonar, pero las fuerzas empezaban a fallarles, de modo que Awak concentró sus poderes chamánicos e imbuyó a la banda de un ansia que los cegó. De pronto se sintieron fuertes, poderosos, y arremetieron contra el dragón de forma violenta y contundente. Theralion al verlos venir pasó el testigo a su hermana, que al recibir un potente golpe de Ywën en una pata dio a conocer el secreto de los hermanos: dobó la pata en señal de dolor, y Theralion, que aun no habia ascendido del todo, repitió el gesto. ¡Comparten el dolor y comparten la vida! ¡Matad esa dragona y su hermano caerá! Desde su posición más alejada, Armin se habia dado cuenta, y lo hizo saber con sus graznidos, pero hasta que Gjallarhorn no lo tradujo, nadie le entendió. ¡Matadla! ¡Matadla! Las hachas de Ywën y Aredhël hacían pedazos las escamas de las rodillas de la dragona, y las garras de Duku la hacían sangrar abundantemente. Las flechas hacían agujeros cada vez más grandes en sus alas, y Valiona luchaba con mas fiereza que nunca por su vida y la de su hermano, que desde el aire escupía sobre ellos. Valiona tenía la vista fijada en Riatha, que trataba de protegerse de su boca fétida. Tan obsesionada estaba con la elfa, que perdió de vista a los que estaban debajo de ella... Fue su fin. Sus patas doloridas no pudieron soportarla más, y sus alas estaban tan rotas que no pudo alzar el vuelo. Intentó tragarse a Riatha, pero esta golpoeó en el morro a la dragona con tanta fuerza que le obligó a torcer el cuello, y entonces la espada se hundió en su garganta.

Ni en su lecho de muerte Valiona sintió afecto por su hermano. Theralion cayó desplomado a su lado, y Valiona gastó su ultima bocanada de aire en un susurro débil y casi inperceptible: Al menos... Theralion muere conmigo...

7 nov 2011

Halfus Rompevermis.


Al otro lado del portal estaba oscuro, tal y como era de esperar. De repente parecía que sobre ellos descansaba una montaña, las paredes y el suelo eran de elementium, bien tallado y a la vez delicado y tosco. Las luces de las antorchas iluminaban el pasillo con una luz tenue y morada. El ambiente, sin duda, hacía estremecer. Su avance resultó complicado, varios grupos de cultores intentaron frenar sus pasos con hechizos, golpes y maldiciones, pero el grupo estaba bien preparado. No obstante, cuando la batalla terminó los sanadores tuvieron que tomarse un tiempo con los heridos, pues la magia de la que se alimentaba el Martillo Crepuscular estaba tan corrupta que de no haberla eliminado por completo habría dejado una huella imborrable en sus cuerpos.

De pronto una voz resonó en la estancia: ¡Halfus! ¡Escúchame! (una voz más aguda replicó: El maestro llama, el maestro ordena.) Protege nuestros secretos, Halfus. Destruye a los intrusos. (Matar por su gloria. Matar por su hambre)

Aredhël conocía esa voz, la recordaba. En una misión de apoyo a los Faucedraco habían logrado llegar a la mitad de la fortaleza montañosa, y ahí le habían encontrado, cortandoles el paso. El terrible ogro, poderoso y fiero, pero lo que más le repugnó fue esa cabecita atrofiada, enganchada a su cuello con esa voz precipitada e insolente.

"Cho'gall" murmuró Aredhël. Halfus... Se asomaron a la sala con precaución, y lo que allí encontraron les pareció aberrante (aunque no les sorprendió) Halfus resultó ser un enorme ettin cargado de poder y resistencia imbuida por Cho'gall, esos eran sus únicos atributos. Su cometido era capturar dragones que usaban de forraje en los rituales del Martillo Crepuscular, y para ello tenía esclavizado un enorme behemot, que se mantenía en el aire no muy lejos del margen de la sala. Los dragones que tenía en ese momento encadenados procedían de distintos lugares, y todos tenían un aspecto cansado, estaban abatidos, en sus ojos cerrados se podia ver que añoraban el viento bajo sus alas, y en sus escamas se concentraba el calor de aquel agujero en el que estarían confinados hasta su muerte. Igual de terrible fue ver a unas crias verdes, que provablemente solo habían conocido esa jaula en la que revoloteaban buscando algo que llevarse a la boca, a las que sus madres aún estarían buscando desesperadas, maldiciéndose por haber abandonado el nido dejando sus huevos desprotegidos.

Se armaron de valor, querían justicia, y tomaron la sala. Halfus empezó a cumplir las ordenes de su amo, y descargó su fuerza sobre todo aquel que se le acercaba. Entonces empezó a drenar a los dragones. De inmediato Aredhël comprendió que no podrían salvarlos, el ettin los estaba doblegando a su voluntad, y mientras estuvieran con vida estarían ligados a él, sirviéndole. Miró a Duku, y vio que en su rostro asomaba un profundo dolor: -no hay más remedio, a por ellos.- Esas criaturas inocentes no debían morir, no de esta forma. Y no les alivió saber que los dragones estaban dispuestos, pese a que sus miradas, clavadas en los guerreros pedían a gritos la muerte, muerte antes que servidumbre.
El combate fue estremecedor, y cuando Halfus por fin cayó, la derrota los invadió. Obould y Amonereb revisaron las pertenencias del ettin, buscando algo que pudiesen aprovechar. Encontraron un saco de oro y algunas piezas de armadura, sin duda serían de héroes derrotados tiempo atrás, y las cogieron para repartirlas con el grupo. Cuando todo estaba en silencio, surgieron las emociones. Los druidas estaban repartidos por la sala, arrodillados frente a los cadáveres de los dragones. El pelaje del rostro enmascaraba sus facciones, pero Aredhël habría jurado que asomaron lágrimas. Se lamentaban más que ninguno del crimen que se había cometido. Los cazadores recorrían la sala recogiendo sus flechas, revisando las que aún les podían servir. Gjallarhorn susurraba rezos junto a un dragón de bronce cuando Obould se acercó a arrancar las suyas. -Déjalo, yo lo haré- y una a una las fue extirpando todas, con su particular delicadeza de sanador. Los otros hicieron lo mismo, limpiaron los cuerpos de aquellas criaturas ancestrales, y cuando estuvieron libres de proyectiles los dispusieron al borde de la sala. Los druidas empezaron a murmurar un canto al unísono, al que pronto se sumaron el resto de tauren, Awak e Ywën. Tarvôs no tardó en acompañarlos con su própio cántico invocando a sus dioses, y el resto del grupo acabó por contagiarse, y también cantaron nombrando a sus ancestros. Las paredes talladas en la roca por un momento relucieron cálidas y claras, haciendo resonar el canto murmurado que a pesar de contener diferentes dialectos, componía una melodía harmonizada y dulce.

Cuando hubieron bendecido el lugar, empujaron los cuerpos de los dragones al abismo de lava.

Y de nuevo, retumbó el silencio.

13 oct 2011

El Bastión del Crepúsculo.

El Bastión del Crepúsculo se alzaba imponente en el extremo oriental de las Tierras Altas Crepusculares, entorno al cual diferentes ramas del Martillo Crepuscular habían encontrado su hogar, y su líder, Cho'gall, dirigía a sus fuerzas preparando Azeroth para la ira de los dioses antiguos.
Aredhël y sus compañeros esperaban cautelosos no muy lejos, por encima de las tropas de Cho'gall a lomos de sus dracos, que se movían nerviosos. -No deberíamos tardar en alzar el vuelo, estas bestias están cada vez más agitadas y si toda esa chusma crepuscular se da cuenta de que estamos aquí nuestra misión se irá a la mierda- La no-muerta estaba en lo cierto, tenían que colarse dentro de la ciudadela sin que nadie les viera. En esos momentos, Duku sobrevolaba el campamento del Martillo, planeando entre las rocas y las puas de elementium. De vez en cuando veían el reflejo del sol en sus plumas hasta que volvía a perderse entre el humo de las hogueras. De pronto oyeron un graznido, que Gjallarhorn les tradujo: - es el momento, volad!- Mientras ascendían vieron como el ejército crepuscular corría hacia uno de los puestos de vigilancia, parecía fuego. Los Faucedraco, pensó Aredhël, están locos.
La ciudadela estaba despejada, desmontaron y enviaron a los dracos lejos, ese no era lugar para ellos y si algún adepto los encontraba seguro que hacían experimentos y los convertirian en cosas horribles. El portal violeta... por fin. Nadie se atrevió a bromear, de veras imponía. -Esto es una locura- murmuró alguien. Estaban inmóviles cuando Tarvôs se adelantó hasta casi rozar el portal. - He'manos, no sabemos que habrá ahí dentro. Es posible que nos enfrentemos a antiguo dioses, o a seres normales atiborrao de poderes, o a sabé qué, la cuestión es que va a ser algo sobrenaturá y que noh lo vamo a pasá teta machacando cráneos de morralla crepuscular- Esto va a doler- Dijo Armin. Amonereb acarició a Agadez detrás de las orejas -bueno, ¿que és lo peor que podría pasarnos?- Y sin decir más, atravesó el portal.

8 oct 2011

Decisiones y cerdos asados.

-La situación es ésta, no queda otro remedio que entrar en el Bastión, un ataque desde dentro permitirá cortar el problema de raíz.- Pero son simples súbditos no? Si derrotáramos a Alamuerte en un principio, quedarían descabezados, tres pájaros de un tiro! - No! Debemos ir poco a poco, Alamuerte es muy fuerte precisamente por tener los aliados que tiene, un ataque directo sería un suicido! - Chicos, he visto con mis propios ojos a la Reina de los Dragones casi perder la vida entre las fauces de ese monstruo. Debemos ser cautelosos e ir decapitando sus fuerzas poco a poco.- Aquel recuerdo hacía estremecer a Aredhël. La batalla tuvo lugar en el cielo, el aire que se respiraba ardía, y a lomos del vuelo rojo derribó infinidad de pequeños dracos Crepusculares, mientras Alexstrasza combatía a Alamuerte. Cada llamarada parecía acariciar a su adversario, pero pese a lo lejos que ella estaba con cada una le ardía la cara. Cuando la Reina cayó creyeron ver el fin del mundo.
-Decidido, nuestro objetivo será el Bastión Crepuscular. Atacaremos en cuanto reunamos un buen grupo.- Duku era experto en reunir gente competente, incluso en las situaciones más difíciles había sido capaz de convencer a desconocidos. El grupo entero habría dado hasta la vida por él, lo que fuera sin pedir nada a cambio. Pero un desconocido? No estaba segura de querer saber que artimañas utilizaba para que todos le siguieran. Podria ser oro. O gemas. ¿Ojitos de ternera? - Por el momento se nos unirá una cazadora, Amonereb, quizás hayáis oido hablar de ella. Es una no-muerta, asi que por favor nada de chistes de salones de belleza, ¿entendido? - Está bien -dijo Aredhël- creo que podré soportarlo.- Aún nos sigue faltando gente. ¿Conocéis a alguien lo suficientemente loco como para unirse a nosotros?- Bueno...- Aredhël meditó un momento - el otro día conocí a una elfa, de la orden de los Caballeros de Sangre como yo, creo que conectamos bastante y podría sernos útil.- ¿Cómo de "bastante"? - preguntó Duku - Se parte con mis chistes - ¿Y cómo de útil? - Está bien curtida en batalla, su armadura es buena... y no huele a heces - Está bien, habla con ella. Yo trataré de encontrar a un Chamán, me han dicho que tiene conocimientos en sanación y que está deseando aplastar al Martillo. Si no ha encontrado a nadie o se ha ido solo, vendrá con nosotros -.

El hidromiel había perdido cuerpo después de hablar tantas horas. Era prácticamente de noche y no habían pegado bocado desde el desayuno. Armin les propuso pedir un par de cerdos asados y renovar el hidromiel de sus jarras, tanto hablar de problemas los había dejado sin ánimos. Era hora de recordar viejas hazañas.

"Recordáis el día que..."

31 ago 2011

Orgrimmar


Orgrimmar se había convertido en la ciudad más segura de Kalimdor. La siempre orgullosa ciudad orca y, por extensión, sede capital de la Horda, había reforzado sus murallas con acero, añadido defensas a su perímetro, e incontables guardias patrullaban sus muros. Pero no solo había cambiado en aspecto, en su corazón se sentó un nuevo líder. Nuestro Jefe de Guerra Thrall dejó a un lado su armadura y vistió sus atuendos de chamán, y junto con el Anillo de la Tierra partió hacia el punto exacto de la falla para intentar sanar las heridas abiertas en el mundo por el alzamiento de Alamuerte. Así pues, Garrosh, el impetuoso y guerrillero Grito Infernal, asumió el mando. Esta difícil decisión no trajo más que problemas, pues otros líderes de la Horda consideraban que el joven orco no estaba preparado para ser el Jefe de Guerra. Cairne, el líder tauren, debido a sus múltiples diferencias, se batió en duelo con él. Desgraciadamente los rebeldes Tótem Siniestro lograron infiltrarse y Agatha envenenó el arma de Garrosh, dando muerte a Cairne. Zul'jin, el líder trol, trata de ser correcto, pero los insultos y amenazas entre él y el Jefe de Guerra son crecientes.

Afortunadamente para Aredhël y sus antiguos compañeros hermanados, las tabernas seguían sirviendo el mejor hidromiel del reino. Era reconfortante encontrar algo conocido en esos tiempos, pero allí en Orgrimmar algo más había cambiado: Gamon. Su mente débil siempre había servido de diversión a sacerdotes poco decentes, que lo controlaban y le obligaban a lanzar a patadas del tejado del banco a los más despistados. Todos creían que moriría intentando salvar la ciudad de las fallas elementales que surgían de la nada, obra una vez más del Martillo Crepuscular. Pero ahí estaba Gamon, más fuerte e inteligente que nunca. Es más, estando allí vieron como un sacerdote había intentado hacerle la vieja jugarreta, y cuando intentó meterse en su mente, Gamon salió de la taberna, agarró al desgraciado y... bueno, solo diré que hicieron falta 5 sanadores para devolver a aquel pobre a la vida, que huyó con la cabeza baja maldiciendo entre dientes. No le volvieron a ver.

Aredhël hacía girar su jarra mirando la espuma suave de su bebida. Tarvôs y Gjallarhorn entraron caminando lenta y elegantemente (todo lo elegante que pueden resultar un trol y un tauren con faldas) La bendijeron y tomaron asiento a sus dos lados. Mientras les servían el hidromiel, una sombra enorme les tapó la poca luz que se colaba por la entrada: Duku, transformado en oso, se habia puesto de pie y gruñía sin parar pese a ver en las caras de sus amigos que no le entendían. Gjallarhorn rió a carcajadas y dijo: -¡yo también me alegro de verte maldito comegnomos!-. Duku recuperó su forma de tauren y se disculpó con Tarvôs y Aredhël: -llevo mucho tiempo corriendo entre animales, no me lo tengais en cuenta - Lo dices por el olor? - le respondió Tarvôs. Aquellas risas eran justo lo que ella necesitaba, todo se había vuelto tan oscuro... Al poco rato aparecieron el resto, Hx y Armin venian tranquilamente charlando, y un rezagado Saniteta entró casi corriendo vocifeando: -¡la que se ha liado en Costa Oscura! Auberdine está complétamente destruido, y en los Baldios, ¿habéis visto los Baldios?- Armin terminó de acomodarse -el mundo que conocíamos ha cambiado chicos, más nos vale asumirlo - dijo. -¿no viene nadie más?- preguntó Hx- ¿dónde están el resto?-. Akari, Stalfos, Ankises, todos pasaron por la mente de Aredhël. Hacían un gran equipo, juntos habían derrotado al Rey Exánime y lo habían celebrado por todo lo alto, aquella noche corrió más vino que nunca, y sirvió para estrechar sus lazos. Pero sus caminos habían decidido separarse, y ahora se encontraban lejos. Los añoró, pero se sintió aliviada. En ese momento no había un lugar mejor en el mundo que ese, porque aunque fuera una taberna maloliente de orcos, los que la acompañaban eran sus hermanos.

25 ago 2011

Así empezó todo.

Cuando por fin acabamos con el Rey Exánime y la plaga remitió, creímos haber acabado con el mal de Azeroth. La ciudadela de Corona de Hielo estaba vacía, y las abominaciones y necrófagos se amontonaban en pilas de cadáveres en los pasillos y salas heladas, velados únicamente por el eco de las ratas que hacían sus nidos en los recovecos de muros rotos. Las Tierras de la Peste poco a poco recuperaban un aspecto salubre, y el verde volvía a apoderarse de sus caminos. Las gentes, en definitiva, volvían a respirar tranquilas.
Hasta ese momento, nadie sabía que en las entrañas del mundo Neltharion, el que un día fue Guardián de la Tierra, líder del Vuelo Negro confinado a las profundidades por los Titanes, se preparaba para su ascenso.
El mundo empezó a temblar, parecía que llegaría a su fin en cualquier momento. El cielo enrojeció, y la tierra se abrió en cráteres profundos; la falla que separaba Infralar de la superficie se rompió, y el dragón demonio quedó libre, y ahora sobrevuela Azeroth dejando un rastro de fuego y destrucción. El cataclismo está presente en cada región y continente, en la Montaña Roca Negra el derrotado Nefarian está reuniendo su propio ejército junto a Onyxia revivida, y las tierras altas luchan constantemente contra el Martillo Crepuscular, capitaneado por Cho'Gall.
Alguien debe, una vez más, tratar de devolver la paz a Azeroth. Sería apropiado rescatar algunas antiguas amistades...