Cuando por fin acabamos con el Rey Exánime y la plaga remitió, creímos haber acabado con el mal de Azeroth. La ciudadela de Corona de Hielo estaba vacía, y las abominaciones y necrófagos se amontonaban en pilas de cadáveres en los pasillos y salas heladas, velados únicamente por el eco de las ratas que hacían sus nidos en los recovecos de muros rotos. Las Tierras de la Peste poco a poco recuperaban un aspecto salubre, y el verde volvía a apoderarse de sus caminos. Las gentes, en definitiva, volvían a respirar tranquilas.
Hasta ese momento, nadie sabía que en las entrañas del mundo Neltharion, el que un día fue Guardián de la Tierra, líder del Vuelo Negro confinado a las profundidades por los Titanes, se preparaba para su ascenso.
El mundo empezó a temblar, parecía que llegaría a su fin en cualquier momento. El cielo enrojeció, y la tierra se abrió en cráteres profundos; la falla que separaba Infralar de la superficie se rompió, y el dragón demonio quedó libre, y ahora sobrevuela Azeroth dejando un rastro de fuego y destrucción. El cataclismo está presente en cada región y continente, en la Montaña Roca Negra el derrotado Nefarian está reuniendo su propio ejército junto a Onyxia revivida, y las tierras altas luchan constantemente contra el Martillo Crepuscular, capitaneado por Cho'Gall.
Alguien debe, una vez más, tratar de devolver la paz a Azeroth. Sería apropiado rescatar algunas antiguas amistades...
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