La Fantasía de la Doncella estaba a punto de zarpar. La tripulación cargaba a toda prisa cajones de víveres y barriles de cerveza mientras el capitán vociferaba: "¡Rápido! ¡Cuanto antes zarpemos antes cobraremos!"
Bajaron a la zona destinada a comer y dormir, y Aredhël no pudo contenerse de resoplar y maldecir: "Oh no... hamacas". No había suficientes para todos, de modo que ocuparon solamente dos y amontonaron sus fardos en una esquina. Cuando llegara la noche ya ingeniarían algo.
Zarparon de Trinquete muy temprano, la luz era suave y la brisa refrescante. Pasaron la mañana dando vueltas por el barco, que avanzaba veloz por el mar. Las gaviotas dejaron de acompañarles muy pronto; el viento estaba de su lado. A mediodía, la sombra de Kalimdor ya no se veía, y el sol se reflejaba en el agua en miles de destellos deslumbrantes. Allí, en medio del mar grande, parecía que el cataclismo fuera solo un rumor.
Los días pasaban lentos, y las noches todas iguales: orcos borrachos continuamente peleándose por tonterías, y goblins arriba y abajo limpiando vómito y sisando de los bolsillos ajenos. Una tarde, avistaron una luz extraña a lo lejos. Aredhël estaba sentada leyendo un viejo libro que había encontrado debajo de un mostrador "Las verdes colinas de Tuercespina", cuando alguien exclamó. No le quitaron ojo. Conforme iba anocheciendo, la luz se volvía más potente, de un rojo más intenso. Parecía que una columna se erguía desde su centro. El capitán del barco, Krick , se les acercó:
-¿Precioso eh? Es todo un espectáculo de la naturaleza... no tan natural.
-¿Qué es?
- Oh querida, eso es la Vorágine, la falla que ha unido los dos mundos. La luz roja? Fuego, y esa columna es vapor. La primera vez nos acercamos tanto que oímos el rugido del agua, ¡y casi pierdo mi doncella! Es mejor mirarlo de lejos, créeme. Este va a ser el punto más cercano por el que pasemos, en seguida nos desviaremos al sur - se fue alejando mientras seguía hablando - oh! Bahía del Botín, que puerto tan acogedor, si no fuera por los piratas, el maremoto, el...-
Esa noche no pudieron dormir. Tarvôs y los druidas permanecieron en la cubierta, hablando entre ellos. cuando Aredhël subió para ofrecerles unas pintas, vio que Awak y la sacerdotisa de Trinquete hablaban. Ella le señalaba la Vorágine, y él no dejaba de mirarla. Desde aquella noche no habló apenas, sólo se sentaba en una mesa y miraba su bebida.
Desembarcaron en Bahía del Botín a la hora de comer. El barco ya no se hacía cargo de ellos, así que se dirigieron a la taberna. El puerto estaba cubierto de algas, pero a nadie parecía importarle mucho. Les sorprendió ver a una vaca en un segundo piso, pero siguieron caminando, allí había muchas cosas raras. Comieron junto al grupo de orcos, y al terminar se despidieron. Salieron todos por la puerta, y la sacerdotisa quedó rezagada: -¿vamos?- dijo mirando hacia la mesa que ocupaban. Todos quedaron en silencio, nadie sabía que significaba eso, hasta que Awak habló:
- Lo siento, pero lo considero mi deber. Los elementos están revueltos, nunca he dejado de percibir su agonía en mi interior. Se que nuestra misión es importante, hay que mermar los ejércitos de Alamuerte, es muy importante que se de muerte a Nefarian. Pero no debemos descuidar a los elementos, son parte de este mundo. Como chamán he de responder su llamada. Espero que sepáis comprenderme.
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