Aredhël yacía en medio de la sala, con los ojos entreabiertos. Un hilillo de sangre negra goteaba de entre sus labios y caía espeso en el suelo, perdiéndose en la neblina negra que cubría las losas de la cámara de Cho'gall. Ahora sabían de qué era capaz esa corrupción, y solo deseaban que ese ogro no tuviera más poderes por revelar.
Habían visto morir a muchos, muchísimos, en la lucha contra el Rey Exánime. Y también los vieron volver de entre los muertos. Sabían que sus almas se habían perdido para siempre, por eso temían en ese momento, si Cho'gall gozaba de esos poderes, si reanimaba a la elfa para servirle...
Afortunadamente, ese ogro no era más que el sirviente de un dragón, y lo tenían arrinconado contra su trono, cercano a la muerte. La cabecita no dejaba de moverse, mirando a un lado y a otro, trataba de hablar pero no le salían las palabras, solo gruñía, al igual que la cabeza pensante. Había reído demasiado pronto la muerte de un enemigo, veía que su vida pronto llegaría a su fin.
<< La hierba era de un verde tímido y perezoso, y pequeñas flores amarillas adornaban el tapiz más precioso que había visto en su vida. Sobre ella se inclinaban viejos árboles de hojas temblorosas y ramas en flor, definitivamente la primavera había llegado al bosque Canción Eterna, y las risas de los niños elfos inundaban la colina. El aire era puro, limpio, y la brisa mecía sus cabellos plateados y acariciaba su rostro, invitándola a levantarse. Se sentó. Más abajo había un lago, y en su orilla había largas mesas llenas de fruta, vino y un montón de cestas con panecillos de crema dorados, como los que su madre preparaba cuando ella apenas era una infante. al descender la colina se dio cuenta de que había perdido su armadura, y su cuerpo lo cubría una túnica de seda color rubí, tan fina que el viento la pegaba a su cuerpo dejando ver la forma de sus senos, las caderas y sus piernas. El tacto de la tierra viva bajo sus pies descalzos le dio fuerzas, y la llenó de paz. Junto a las mesas del lago había grupos de elfos, que hablaban y bebían divertidos. En sus rostros había paz y tranquilidad, y los niños correteaban entre los mayores, haciéndoles tambalearse, derramando sus copas. Pero a nadie parecía importarle. Cuando llegó junto a ellos dejó de verles, y el griterío dejó de escucharse. Las mesas estaban vacías, y entonces se percató de que no se oía tampoco el canto de los pájaros. Un murmullo la sobresaltó: los que antes veía, ahora susurraban a su alrededor. - No debería estar aquí. ¿Quién es? No es su sitio. No es su tiempo. ¿Por qué está aquí? ¿¡Quién es!? ¡Madre mira, su boca sangra! Su boca sangra. Es negro. ¡No deberías estar aquí! - Acercó la mano a sus labios, y los dedos quedaron tintados de negro. - No debería estar aquí. Mi niña... ¿Qué hace aquí? No es su tiempo. ¡No es su tiempo! - Los susurros se convirtieron en gritos, y de pronto apareció una figura. Un elfo de ojos azules y cabello blanco con vestimentas Sin'dorei caminaba con paso decidido hacia ella, y no pudo evitar retroceder. Quedó al borde del lago, y al mirar las aguas se volvieron negras y profundas, trató de conservar el equilibrio, y al volver la cabeza el elfo estaba frente a ella, tan cerca que sus narices se hubieran rozado si no fuera una figura translúcida y sin materia. La agarró de los hombros con tanta fuerza que le dolió, y sin aliento le susurró al oído: "No es tu tiempo, no deberías estar aquí", y la empujó a las aguas. >>
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