Antiguos dioses y seres centenarios han surgido de las entrañas de la tierra causando un cataclismo que ha revuelto Azeroth por completo. Esta es la historia de como sobrevivir.
7 nov 2011
Halfus Rompevermis.
Al otro lado del portal estaba oscuro, tal y como era de esperar. De repente parecía que sobre ellos descansaba una montaña, las paredes y el suelo eran de elementium, bien tallado y a la vez delicado y tosco. Las luces de las antorchas iluminaban el pasillo con una luz tenue y morada. El ambiente, sin duda, hacía estremecer. Su avance resultó complicado, varios grupos de cultores intentaron frenar sus pasos con hechizos, golpes y maldiciones, pero el grupo estaba bien preparado. No obstante, cuando la batalla terminó los sanadores tuvieron que tomarse un tiempo con los heridos, pues la magia de la que se alimentaba el Martillo Crepuscular estaba tan corrupta que de no haberla eliminado por completo habría dejado una huella imborrable en sus cuerpos.
De pronto una voz resonó en la estancia: ¡Halfus! ¡Escúchame! (una voz más aguda replicó: El maestro llama, el maestro ordena.) Protege nuestros secretos, Halfus. Destruye a los intrusos. (Matar por su gloria. Matar por su hambre)
Aredhël conocía esa voz, la recordaba. En una misión de apoyo a los Faucedraco habían logrado llegar a la mitad de la fortaleza montañosa, y ahí le habían encontrado, cortandoles el paso. El terrible ogro, poderoso y fiero, pero lo que más le repugnó fue esa cabecita atrofiada, enganchada a su cuello con esa voz precipitada e insolente.
"Cho'gall" murmuró Aredhël. Halfus... Se asomaron a la sala con precaución, y lo que allí encontraron les pareció aberrante (aunque no les sorprendió) Halfus resultó ser un enorme ettin cargado de poder y resistencia imbuida por Cho'gall, esos eran sus únicos atributos. Su cometido era capturar dragones que usaban de forraje en los rituales del Martillo Crepuscular, y para ello tenía esclavizado un enorme behemot, que se mantenía en el aire no muy lejos del margen de la sala. Los dragones que tenía en ese momento encadenados procedían de distintos lugares, y todos tenían un aspecto cansado, estaban abatidos, en sus ojos cerrados se podia ver que añoraban el viento bajo sus alas, y en sus escamas se concentraba el calor de aquel agujero en el que estarían confinados hasta su muerte. Igual de terrible fue ver a unas crias verdes, que provablemente solo habían conocido esa jaula en la que revoloteaban buscando algo que llevarse a la boca, a las que sus madres aún estarían buscando desesperadas, maldiciéndose por haber abandonado el nido dejando sus huevos desprotegidos.
Se armaron de valor, querían justicia, y tomaron la sala. Halfus empezó a cumplir las ordenes de su amo, y descargó su fuerza sobre todo aquel que se le acercaba. Entonces empezó a drenar a los dragones. De inmediato Aredhël comprendió que no podrían salvarlos, el ettin los estaba doblegando a su voluntad, y mientras estuvieran con vida estarían ligados a él, sirviéndole. Miró a Duku, y vio que en su rostro asomaba un profundo dolor: -no hay más remedio, a por ellos.- Esas criaturas inocentes no debían morir, no de esta forma. Y no les alivió saber que los dragones estaban dispuestos, pese a que sus miradas, clavadas en los guerreros pedían a gritos la muerte, muerte antes que servidumbre.
El combate fue estremecedor, y cuando Halfus por fin cayó, la derrota los invadió. Obould y Amonereb revisaron las pertenencias del ettin, buscando algo que pudiesen aprovechar. Encontraron un saco de oro y algunas piezas de armadura, sin duda serían de héroes derrotados tiempo atrás, y las cogieron para repartirlas con el grupo. Cuando todo estaba en silencio, surgieron las emociones. Los druidas estaban repartidos por la sala, arrodillados frente a los cadáveres de los dragones. El pelaje del rostro enmascaraba sus facciones, pero Aredhël habría jurado que asomaron lágrimas. Se lamentaban más que ninguno del crimen que se había cometido. Los cazadores recorrían la sala recogiendo sus flechas, revisando las que aún les podían servir. Gjallarhorn susurraba rezos junto a un dragón de bronce cuando Obould se acercó a arrancar las suyas. -Déjalo, yo lo haré- y una a una las fue extirpando todas, con su particular delicadeza de sanador. Los otros hicieron lo mismo, limpiaron los cuerpos de aquellas criaturas ancestrales, y cuando estuvieron libres de proyectiles los dispusieron al borde de la sala. Los druidas empezaron a murmurar un canto al unísono, al que pronto se sumaron el resto de tauren, Awak e Ywën. Tarvôs no tardó en acompañarlos con su própio cántico invocando a sus dioses, y el resto del grupo acabó por contagiarse, y también cantaron nombrando a sus ancestros. Las paredes talladas en la roca por un momento relucieron cálidas y claras, haciendo resonar el canto murmurado que a pesar de contener diferentes dialectos, componía una melodía harmonizada y dulce.
Cuando hubieron bendecido el lugar, empujaron los cuerpos de los dragones al abismo de lava.
Y de nuevo, retumbó el silencio.
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